El cuerpo de Platón, y el mío

Si sólo hubiera leído a Platón...

Eso es lo que pensé cuando vi mi resonancia magnética: 28 imágenes, imposible de negar, de un músculo del manguito rotador desgarrado –consecuencia de años de levantamiento de pesas. Y eso es sólo mi hombro. Puedo presentar C4, C5 y C6 (mis hernias discales), mi fascitis plantar, mi tendinitis rotuliana– daño residual a un cuerpo, ahora de 51 años, en nombre del ejercicio a la búqueda de ser un cachas.

Platón podría haberme advertido. En «La República», aconseja «moderación» en el entrenamiento físico, comparándolo con el aprendizaje de la música y la poesía. Manténlo «simple y flexible», como en todas las cosas, no exageres. Sigue este camino, y te mantendrás «independiente de la medicina en todos los, excepto los extremos, casos».

Platón era un atleta, especialmente cualificado como luchador. Su nombre era Aristicles, como su abuelo, pero se dice que el entrenador que lo adiestró le llamó «Platón» –del griego amplio, debido a su ancha constitución de hombros. El apodo cuajó.

Tan buen luchador era Platón que, según se informa, compitió en los Juegos Ístmicos (comparables a los Juegos Olímpicos), y continúo luchando hasta la edad adulta. Instalado en la academia, habló con convencimiento en defensa de las virtudes de la educación física. En su opinión, se debe equilibrar el entrenamiento físico con «el cultivo de la mente», ejercitar «el intelecto en el estudio». El objetivo es «llevar a los dos elementos en sintonía uno con el otro mediante el ajuste de la tensión de cada uno al grado correcto». Partes iguales de pensamiento y sudor, por así decirlo.

Como se puede observar más claramente en los atletas y artistas con talento, el propio cuerpo puede ser una fuente de conocimiento –coordinación, gracia, agilidad, resistencia, habilidad– tanto intuitivo como aprendido. De hecho, hay algunos pocos que yo llamaría Einstein del cuerpo –genios en inventar, expresar y emplear el movimiento. ¿No es eso lo que es el bailarín y coreógrafo Mark Morris? ¿O el tenis del gran Roger Federer?

El filósofo contemporáneo (y confeso chiflado del deporte) Colin McGinn señala que la educación física debe ser una actividad para toda la vida. «Nos gusta que nuestra mente sea culta, bien provista de información; tendríamos que querer que nuestros cuerpos estuvieran igualmente dotados», escribe en su encantador libro «Sport». «El cuerpo erudito es un buen cuerpo que tener».

Por supuesto que existe el riesgo de llevar las cosas demasiado lejos. Una vez más, de «La República»: «¿Has notado cómo una dedicación de por vida al ejercicio físico, con exclusión de cualquier otra cosa, produce un cierto tipo de mente? ¿Así como el abandono de éste produce otro?» escribe Platón, recordadndo las palabras de Sócrates. «Un énfasis excesivo en los deportes produce un tipo demasiado primitivo, mientras que una formación puramente literaria deja a los hombres indecentemente blandos».

Incluso si hubiera estado sentado a los pies de Platón como hombre joven, no habría escuchado. En aquel entonces, lucir bien y hacerse más grande es lo que más importaba. Supongo que era todo muy Darwiniano –hincharme a mi mismo y inentar hacerme atractivo con el fin de atraer a una pareja. Pero no era claramente consciente de tales objetivos. Me gustaba hacer ejercicio por si mismo, la pura satisfacción de utilizar toda la fuerza contra una resistencia. Buscaba lo que Pavlov –un amante del ciclismo, el remo y la natación– tan bellamente llamó «alegría muscular».

Lamentablemente, hoy en día estoy pagando un precio en tendones del músculo deshilachados. Sin embargo, en mis dolores y molestias estoy eligiendo ver sabiduría adquirida. Si el cuerpo humano es la mejor imagen del alma humana, como dijo Wittgenstein, la mía está hinchada. Pero le he dado a la pausa del StairMaster y me he apartado de las pesas durante un tiempo. Ahora es al cuerpo de Platón al que aspiro.

Bill Hayes es autor de «The Anatomist».

Para cuidar cuerpo y mente nada mejor que nuestra colección Cuerpo y consciencia.