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Esto es lo que tiene que decir el Doctor Descalzo en su Manual del amante moderno sobre el enamoramiento:

Enamorarse

Enamorarse es como tropezar. Se pierde el equilibrio por un momento.

Conoces a alguien. Ese alguien cumple con todos tus ideales, o los cumple más o menos (tomado en conjunto). Dices: «¡Uau!».

Y se acabó la sesión de casting. Ya tienes al protagonista masculino/femenino de tu historia.

El estado de «uau» sigue ahí mientras tú te haces una imagen altamente positiva (y desproporcionada) de O. Te montas incluso un buen guión, remanipulado y adaptado al actor principal. Te pasas las horas proyectando esa fantasía sobre O. Al mismo tiempo, ignoras o justificas todos los rasgos, hábitos y/o defectos físicos que no te gustan; después de todo, nadie es perfecto (te dices).

El estado de «uau» entra en declive tan pronto como vislumbras que los aspectos oscuros y demasiado humanos de O son más numerosos de lo que puedes/quieres soportar. Esto acostumbra a coincidir con la tercera o cuarta vez que haces sexo (el amor) con O, que es cuando uno de los dos empieza a follarse ligeramente los límites.

El estado de «uau» ya no existe. (Odias tener que admitirlo, pero es así).

Llegado a este punto, si todavía tienes dos dedos de frente y no estás demasiado obnubilado/a por tus quehaceres profesionales, ya puedes ver el modo exacto en que se van a desarrollar las batallas de poder, en que os vais a volver locos el uno al otro y en que vas a tener que ceder para mantener a flote la situación y la pareja.

Si eres honesto/a contigo mismo/a, serás capaz de plantearte una libre elección. ¿Qué hago, me quedo o me largo?

Pero no es nada fácil tomar la decisión libremente porque has tropezado, ¿te acuerdas?, y todavía no estás en pie del todo. Has realizado una inversión enorme: en tiempo de fantasía, en tiempo real, en pasión y en energía. Cuesta mucho echar eso por la borda. Además te has empezado a volver adicto/a a O y a la historia que has tejido a su alrededor. Como en cualquier adicción, te parece que te sería imposible seguir adelante sin ella. Y ahí es cuando empiezas, literalmente, a engancharte. (Es el momento idóneo para la entrada triunfal de los reflejos posesivos y de toda la gama de la inseguridad).

Ahora, una de dos. O te arremangas y te ingenias un final decente (inventándote, seguramente, mil acusaciones blindadas contra O para justificar tus impulsos destructivos), o te quedas y finges la mayor parte del tiempo (acabando, seguramente, en el altar).

O quizá eres tan afortunado/a que resulta que ambos sois la mar de inteligentes, juiciosos, cariñosos y compatibles, hasta el extremo de poder solucionar el conflicto y crecer juntos hacia un nivel de amor todavía más elevado. (¡Tres hurras por todos los amantes de largo recorrido!).

En general, el estado de «uau» o enamoramiento viene a durar un ciclo hormonal de unos tres meses. Pero, a base de mucha práctica, muchos amantes modernos consiguen quitarse todo el proceso de encima en apenas tres días, a menudo sin tener que hacer sexo siquiera, con lo que se ahorran semanas, meses e incluso años de probable confusión y nerviosismo, de manera que pueden seguir con sus apretadas agendas y no interferir demasiado con los planes de márketing y esas cosas.

El enamoramiento es una bella droga. Cuanto más lo practicas más te das cuenta de que es, simplemente, un juego de la mente. Así pues, juega simplemente con tu mente. Y no quiero decir, con esto, que no debas disfrutar/estimar/valorar el (los) enlace(s) afectivo(s) que has conseguido establecer o que establecerás en el futuro. Bastaría, quizá, con que aprendieras a no montarte películas mentales en relación con la gente y dejaras que la película real (que lleva tiempo discurriendo sola de todos modos) se desarrollara por sí misma y sin que tú le añadieras demasiadas trabas con tus expectativas y tu abultada agenda.

Ama con todo tu corazón, desea con todo tu pubis, pero no tropieces, no de nuevo. De ese modo no le haces ni te haces ningún bien.

(Manual del amante moderno, del Doctor Descalzo)

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