La lectura es un acto de resistencia en un paisaje de distracción...

(Imagen, Mujer leyendo de Kuniyoshi)

En el siglo XX, todas las novelas de «pesadilla-del-futuro» imaginaban que los libros se quemarían. En el siglo XXI, nuestras distopías imaginan un mundo donde los libros son olvidados. Para comentar sólo una, la novela de Gary Shteyngart Super Sad True Love Story, describe un mundo donde todo el mundo está obsesionado con su electrónica Apparat –un iPhone todavía más omnívoro, con una parpadeante corriente de shopping, realities y porno– y de alguna manera han llegado a creer que los pocos libros de papel que quedan sin leer apestan. 

He estado pensando en esto porque recientemente me he mudado de piso, lo que para mí significa empaquetar y transportar varios montes Everest de libros, acumulados obsesivamente desde que era un niño. Pídeme que tire un libro y empezaré a temblar como Meryl Streep en La decisión de Sophie e insistiré en que no puedo soportar separarme de él, no importa lo improbable que sea que vaya a leer (por ejemplo) la biografía de 1000 páginas del poco conocido dictador portugués Antonio Salazar. A medida que apilaba mis libros, y veía a mis amigos quedar enterrados en deslizamientos de tierra de novelas o avalanchas de polémicas, se me ocurrió que esta escena podría ser incomprensible dentro de una generación. Sí, algunos especialistas todavía transportan sus colecciones de vinilo de casa en casa, pero el resto de nosotros hemos emigrado felizmente al MP3, y los consideramos un poco raros. ¿Tiene importancia? ¿Que se perdió realmente?

El libro –el libro de papel físico– está siendo rodeando por un banco de tiburones, con ventas un 9 % más bajas solamente en este año. Está siendo masticado por el e-book. Está siendo corneado por la muerte de la librería y la biblioteca. Y lo más importante, el espacio mental que ocupaba está siendo erosionado por las miles de Armas de Distracción Masiva que nos rodean a todos. Es difícil de admitir, pero todos lo sentimos: leer libros se está convirtiendo en casi físicamente difícil. Creo que deberíamos empezar por ahí –ya que muestra por qué es necesario que el libro físico sobreviva, y alude a lo que tenemos que hacer para asegurarnos de que lo hace.

En su magnífico librito The Lost Art of Reading –Why Books Matter in a Distracted Time, el crítico David Ulin admite una sensación extraña. Toda su vida había tomado la lectura tan por sentado como comer –pero entonces, hace unos años, «me di cuenta, en un apartamento lleno de libros, de que ya no podía encontrar en mi la necesaria tranquilidad para leer.» Se sentaba a hacerlo por la noche, como siempre había hecho, y leía algunos párrafos, y luego encontraba que su mente vagaba, implorándole que revisara su correo electrónico, o Twitter, o Facebook. «Con lo que estoy luchando», escribe, «es la invasión del zumbido, la sensación de que hay algo ahí que merece mi atención, cuando en realidad es sobre todo una serie de momentos desconectados, tomas rápidas y fragmentos, que se suman a la ansiedad de la edad.»

Creo que la mayoría de nosotros tenemos este sentimiento hoy en día, si somos honestos. Si lees un libro con el ordenador portátil zumbando en el otro lado de la habitación, puede parecer como tratar de leer con una banda Heavy Metal gritando delante tuyo. Para leer, es necesario aflojar el paso. Necesitas silencio mental, a excepción de las palabras. Eso es cada vez más difícil de encontrar.

No, no me malinterpretéis. Me encanta la web, y tendrán que arrancar mi Twitter feed de mis frías manos muertas. Esto no se va a convertir en una diatriba antediluviana contra las glorias de nuestro mundo interconectado. Pero hay una razón por la que la palabra –“wired”– significa tanto “conectado a Internet” como “alto, frenético, incapaz de concentrarse”.

Así que en la era de Internet, los libros físicos de papel son una tecnología que necesitamos más, no menos. En la década de 1950, el novelista Herman Hesse escribió: «Cuanto la necesidad para el entretenimiento y la educación general más puedan ser satisfechas por los nuevos inventos, más recuperará el libro su dignidad y autoridad. Aún no hemos alcanzado totalmente el punto en que los jóvenes competidores, como la radio, el cine, etc, han asumido las funciones del libro que no pueden permitirse el lujo de perder».

Ahora hemos llegado a ese punto. Y aquí está la función que el libro –el libro de papel que no emite un pitido o un flash o un enlace, o te permite ver miles de videos a la vez– hace para ti y que no hará ninguna otra cosa. Te da capacidad de concentración profunda y lineal. Como Ulin lo expresa: «La lectura es un acto de resistencia en un paisaje de distracción... Requiere que nos acompasemos. Nos devuelve a un ajuste de cuentas con el tiempo. En medio de un libro, no tenemos otra opción que ser pacientes, que tomar cada cosa en su momento, para que prevalezca la narrativa. Retomamos el mundo al retirarnos de él un poco, retrocediendo de los ruidos.»

Un libro tiene una relación diferente con el tiempo que un programa de televisión o una actualización de Facebook. Dice que valía la pena sacar algo del torrente sin fin de datos y fijarlo en un objeto que tendrá el mismo aspecto en un centenar de años. El escritor francés Jean-Phillipe De Tonnac dice que «la verdadera función de los libros es la de salvaguardar las cosas que el olvido constantemente amenaza con destruir». Es precisamente porque no es inmediato –debido a que no sabe lo que pasó hace cinco minutos, en Kazajstán, o en el apartamento de Charlie Sheen– por lo que el libro importa.

Es por eso que necesitamos libros, y por qué creo que van a sobrevivir. Porque la mayoría de los seres humanos tienen un deseo de involucrarse en una profunda reflexión y una profunda concentración. Esos músculos son necesarios para el sentimiento y compromiso profundo. La mayoría de los seres humanos no sólo quieren tentempies mentales para siempre, sino que también quieren comer. Las veinte horas que se tarda en leer un libro requieren una concentración sostenida que es difícil de conseguir en otro sitio. Claro, puedes hacer eso con una serie en DVD  –pero tu relación con la televisión siempre será en última instancia, la de un espectador pasivo. Con cualquier libro, eres es el co-creador, imaginandolo a medida que avanzas. Como Kurt Vonnegut dijo, la literatura es la única forma de arte en el que el público tiene la partitura.

No estoy en contra de los e-books, en principio, –estoy tentado por el Kindle– pero cuanto más interactivos y vinculados se vuelven, cuantas más múltiples tareas realizan y más ofrecen un centenar de funciones diferentes, menos serán capaces de preservar los aspectos del libro que realmente necesitamos. Un lector de libros electrónicos que hace mucho no será, al final, un libro. El objeto debe permanecer amortiguado para que las palabras –que te ofrecen la sensación más eléctrica de todas: la visión de la vida interna de otra persona– puedan cantar.

Entonces, ¿cómo preservar el espacio mental para el libro? Somos la primera generación que ha usado el Internet, y cuando veo cómo estamos reaccionando a el, no dejo de pensar en las comunidades inuit que conocí en el Ártico, a las que se les dio alcohol y azúcar por primera vez hace una generación, y los consumieron tan rápidamente que ahora están hundidas en la obesidad y el alcoholismo. El azúcar, el alcohol y la web son placeres y alegrías increíbles –pero tenemos que saber cómo manejarlos sin dejar que nos confundan.

La idea de mantenerte en una dieta digital, sospecho, se convertirá pronto en algo corriente. Así como he aprendido a no llenar mi nevera con tentadores carbohidratos, he aprendido a limitar mi exposición a la web –y amarla en la ventana limitada que me permito. He instalado el programa "Freedom" en mi ordenador portátil: te desconectará de la red por el tiempo que le indiques. Es el Ritalin que necesito para mi TDAH inducido por la web. Me aseguro de activarlo para poder sumergirme en el mundo más permanente de la página impresa, por lo menos dos horas al día, o sino me encuentro con un sentido de conexión online sin fin que te deja extrañamente desconectado de ti mismo.

T.S. Eliot llamaba a los libros «el punto inmóvil del mundo que gira». Estaba en lo cierto. Resulta que, en la era de super-velocidad de banda ancha necesitamos árboles muertos para tener mentes vivas.

 

Johann Hari, columnista, London Independent

Fuente: Huffington Post