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Encontrarás, entre otros, el artículo de Fernando Pardo:

Chamanismo, esquizofrenia y terapia psiquedélica

Si el loco persistiera en su locura se volvería sabio (William Blake).

Dick Russell es un periodista y escritor que ha colaborado en diversos medios que van desde el Sports Illustrated al Village Voice. Ha escrito también una biografía del psicólogo junguiano James Hillman. Estuvo unido a una mujer afroamericana con la que tuvo un hijo de color, Franklin. Al llegar a la adolescencia Franklin tuvo un brote psicótico y fue diagnosticado como esquizofrénico. A lo largo de los años fue ingresado en diversos hospitales psiquiátricos, de los que periódicamente entraba y salía; se le recetaron neurolépticos y se le dijo que debería medicarse de por vida.

Dick Russell hizo todo lo posible por acercarse a su hijo con poco éxito hasta que un día, desesperado y sin saber qué hacer, decidió llevarlo consigo a África y ahí, entre los masáis, Franklin fue acogido con cariño y más que un enfermo se le consideró uno de los suyos, prácticamente un chamán. Este viaje produjo un cambio espectacular en Franklin, plasmado en el libro de Dick Russell, Mi hijo misterioso: Un pasaje trascendente entre la esquizofrenia y el chamanismo.

Las conclusiones de Russell en su libro coinciden bastante con las del psiquiatra evolucionista Joseph Polimeni, que publicó un libro titulado Chamanes entre nosotros en el que afirmaba:

«En su forma más simple, la teoría chamánica de la esquizofrenia dice que los esquizofrénicos son la manifestación moderna de los chamanes tribales prehistóricos. Dicho de otro modo, los factores genéticos y cognitivos, o estilos de personalidad, que habían predispuesto a ciertas personas a convertirse en chamanes son los mismos que subyacen a la esquizofrenia.»

Polimeni se centra en semejanzas como la predisposición genética, el florecer en la adolescencia, los síntomas que se intensifican en épocas de estrés y la preponderancia entre los varones. Según este autor, los parecidos asombrosos entre las dos condiciones hacen poco posible que se trate de coincidencias. Las historias personales de los chamanes contienen con frecuencia episodios de trastornos mentales graves, incluyendo potentes alucinaciones de corte espiritual, y muchos chamanes tienen fama de ser solitarios, asociales y extravagantes.

En el año 1983 el Dr. Richard Noll publicó un artículo en el American Ethnologist en el que decía que si bien la «llamada» que recibían algunos chamanes se producía tras pasar por experiencias profundamente emocionales o en recuperaciones casi milagrosas de una grave enfermedad, existía una clara distinción entre el chamán y el esquizofrénico. Puesto que el chamán, tras sus tribulaciones, entraba voluntariamente en estados modificados de consciencia, mientras que el esquizofrénico acababa siendo una víctima de ellos.

Otros autores han señalado que algunos genes asociados a la esquizofrenia son seleccionados positivamente y no desaparecen. Lo que sugiere alguna ventaja en poseerlos.

Serena Roney-Douglas en un artículo titulado «Caminando entre dos mundos» citaba los sorprendentes paralelismos entre el mundo chamánico y el universo psiquedélico.

En realidad los vínculos entre el mundo chamánico y la psiquedelia son intensos, hasta el punto de que, en cierto modo, no se puede separar el uno de la otra. La mayoría de los chamanes utilizan plantas psiquedélicas y lo han hecho a lo largo de milenios. Tanto los chamanes siberianos con la amanita muscaria como los payés, taitas etc. sudamericanos utilizando la ayahuasca, la psilocibina y el peyote, entre otras sustancias.

Actualmente la gente asocia, por ejemplo, la toma de ayahuasca con los chamanes y suele tener un gran respeto por estos personajes. Si merecido o no, sería tema de otro artículo.

Podríamos decir que existen unos curiosos vasos comunicantes entre la esquizofrenia, el chamanismo, la psiquedelia y la espiritualidad.

Recientemente se ha publicado un libro de Mike Crowley titulado Las drogas secretas del budismo, con prólogo de Ann Shulgin, en el que describe estas concordancias en el budismo tibetano.

Precisamente en el budismo existen unos curiosos personajes que se enmarcan en lo que se conoce como «loca sabiduría». Figuras como el biógrafo de Milarepa, Tsang Nyon Heruka, «el loco», autor también de su antología poética, una de las cumbres de la poesía mística universal. Otros personajes semejantes serían Drukpa Kunley, yogui venerado en el Bhutan y autor de poemas eróticos y cantos a la iluminación que llevaba una vida totalmente estrafalaria al margen de la sociedad. Otro caso sería el de Unyon Kungpa Sangpo, conocido como el loco de U. Un yogui tántrico venerado en todo el Tíbet. Este último llevaba una vida monástica normal hasta que el regente del Tíbet fue a visitar su templo y el loco de U empezó a comportarse de forma extraña, insultándolo y burlándose de él, para luego desaparecer y no ser reconocido hasta mucho años después en la zona de cuevas en la que había meditado Milarepa, donde tenía un gran número de seguidores.

Cuenta un monje tibetano de la época que con solo oír su nombre se le ponía la carne de gallina. Le pidió a su Maestro que lo dejara ir a verlo. Pero éste se negó varias veces arguyendo que era un hombre peligroso, de un carisma extraordinario y que poca gente podía soportar su poderío y su profundo dharma. Finalmente el monje se escapó y tras muchas peripecias logró localizarlo. Cuando lo vio prácticamente desnudo y con un collar hecho con huesos humanos casi se desmayó y entró en un potente estado modificado de consciencia.

Hace bastantes años hice un retiro con el lama Namkhai Norbu, un destacado Maestro de la línea Dzogchen de budismo tibetano. Un día que compartimos una taza de té me explicó que un familiar suyo tuvo un espectacular brote psicótico y se lo llevaron al lugar en que se encontraba un tío suyo, Maestro Dzogchen. Le tuvieron que acompañar todo el camino, a caballo, pues su estado era realmente florido y estaba totalmente fuera de sus cabales. El Tío lo tomó bajo su tutela y en poco tiempo no solo se había recuperado sino que se había vuelto un gran practicante de Dzogchen.

Como vemos la línea que separa la esquizofrenia, los psiquedélicos y la espiritualidad es muy fina, por no decir inexistente.

Ciertos autores son reacios a esta visión romántica de la psicosis que mantienen algunos antipsiquiatras, siguiendo la senda de Ronald Laing. Algunos investigadores como Stanislav Grof han intentado distinguir entre la psicosis y lo que denominan emergencias espirituales. Sigue siendo un terreno confuso pero digno de estudio.

Actualmente parece que va a ver muchas posibilidades de implementar la terapia con psiquedélicos y sus practicantes se van a encontrar con muchos de estos dilemas.

Algo importante es que este tipo de terapias, en algunos casos, llevarán a los «pacientes» a lo que en las prácticas budistas podríamos denominar trascender el ego. Utilizando un lenguaje más neurocientífico, aunque simplificando mucho, podríamos hablar de una desactivación del cerebro izquierdo, que es lo que parecen conseguir los meditadores de largo recorrido.

Todo esto seguramente hará preguntarse al terapeuta psiquedélico serio qué es realmente la sanación y a quién podemos considerar una persona lúcida.

Actualmente la psiquiatría considera «cura» que la persona pueda volver al redil de la sociedad y se adapte a ella. Pero precisamente una de las cosas que sucedió en la década de los años sesenta del siglo xx fue que la gente que tomaba psiquedélicos, al margen de la terapia, empezó a cuestionarse el sistema social imperante. Es algo que merecería un detallado estudio y que llevó a la explosión de la contracultura que sacudió los cimientos de la sociedad convencional y que fue básicamente lo que condujo a la prohibición de estas sustancias.

Según mi opinión las terapias psiquedélicas deben llevar a la creación de un nuevo lenguaje, no solo científico sino también uno que elimine la carga religiosa que a veces lleva la descripción de estos estados no ordinarios de consciencia, como los denomina Stan Grof.

Estamos ante un momento crucial para desmantelar la psiquiatría convencional, que con sus fármacos ha hecho más mal que bien. Creo que es importante seguir investigando en farmacología, pero también lo es demostrar que los laboratorios farmacéuticos, con su ansia de beneficios económicos, en sí una patología letal, han engañado a la población con unas sustancias como los neurolépticos, antidepresivos y ansiolíticos que en gran medida, y a largo plazo, son nefastos para la salud mental.

La terapia psiquedélica debe ser valiente y afrontar todo lo que se presente sin juicios de valor ni falsa moralina. También ha de reconocer que los psiquedélicos no son una panacea, pero que un buen uso de ellos puede ser crucial para aliviar el sufrimiento de muchas personas, a las que hasta el momento la psiquiatría solo ha hecho que reprimir e intentar domar, en lugar de acompañarlos con pericia en su largo y extraño viaje (como dirían los Grateful Dead).

Han pasado años de los experimentos de John Perry en Soteria, y el de Kingsley Hall de Ronald Laing. Lugares en los que se acogía a gente diagnosticada de esquizofrenia sin darles medicación alguna. Los resultados han sido siempre bastante debatidos. Aunque lo cierto es que las últimas estadísticas fiables nos dicen que los «esquizofrénicos» suelen «recuperarse» más fácilmente en lugares en los que no se utilizan fármacos, o muy pocos y en pequeñas dosis.

Otra muestra interesante de los cambios que se están produciendo es lo que está pasando en el ejército de Estados Unidos.

En un principio tanto los militares como la CIA pretendieron utilizar los psiquedélicos como armas de guerra. Bien para llevar al caos al enemigo poniendo LSD en depósitos de agua o distribuyéndolo a gran escala de otras formas, o bien utilizándolo en interrogatorios como droga de la verdad.

Actualmente se ha producido una revolución en este campo que tendrá consecuencias importantes. Los marines han creado una web antiprohibicionista aconsejando el uso de estas sustancias en el campo terapéutico para tratar el estrés postraumático, tras darse cuenta de que se han producido más muertes por suicidio entre sus efectivos que en combate. Sorprendentemente han pasado de la guerra contra las drogas a la defensa entusiasta de los enteógenos.

Una descripción interesante de esto la tenemos en el libro de Alex Seymour Psychedelic Marine que narra su odisea de Afganistán al Amazonas. Seymour pasa de la devastación y horror de la guerra a la salud fundamental, que se atreve a llamar salvación, mediante la disolución de los limites de la consciencia ordinaria a través de diversas sesiones con ayahuasca junto a chamanes en el Amazonas.

Seymour reconoce que el alistarse en los marines es un rito de paso equivocado que no tiene punto de comparación con la aventura psiquedélica, que el chute de endorfinas que produce el combate es un pálido reflejo de la profundidad abismal de los psiquedélicos mayores, y acaba dándose cuenta de que, como dijo Buda, el mayor guerrero no es el que vence a los demás sino el que se vence a sí mismo.

Insisto, estamos en un momento muy interesante y en el que se nos abre un campo de infinitas posibilidades.

Hoy en día hay quien pregona que los psiquedélicos son la única solución a los terribles problemas ecológicos que vamos a afrontar en un cercano futuro y la única garantía de que la humanidad sobreviva y no vaya directa y sin paliativos a la extinción.

Para ello se necesita un cambio de mentalidad importante y no solo de unas pocas personas. Esperemos que los psiquedélicos sean útiles en este sentido, tanto en terapia como fuera de ella.

(Fernando Pardo, Revista Ulises 19)